viernes, octubre 20, 2006

Zafiro (3ra. parte)

Por Zedi Cioso

El tercer jueves hojeaba desapasionadamente los "Fragmentos de un discurso amoroso" de Barthes mientras me preguntaba si se presentaría o no el indeseable de jogging. Por las dudas ya había tomado la precaución de hacerme con una provisión extra de billetes chicos. Aparecieron cerca de las diez y media. Un poco cansado de la remanida operación que mi cliente desencadenaba con sólo mencionar una palabra: "zafiro", me dediqué a observar a la acompañante del gimnasta. Era una chica alta, debía rondar el metro setenta, delgada y con largas piernas. Llevaba puesto un suéter de hilo beige y unos jeans con botas de gamuza marrones. Casualmente en ese mismo momento ella miraba hacia la ventanilla y, por decirlo de alguna manera, nos vimos, aunque yo fuera el fantasma que habita al otro lado del espejo. Entonces me concentré en la expresión de su rostro, indeciso ante qué actitud adoptar en esa incómoda circunstancia. Se ruborizó, cómo si percibiera mis ojos detrás del espejo y bajo la cabeza en un gesto colmado de pudor. Y yo me enamoré perdidamente. ¿Pero qué iba a hacer? Cada jueves representaba para mí la dicha de verla esos breves instantes y la tortura de conocer sus propósitos durante las cuatro horas siguientes. Estaba resignado: en un hipotético ranking de los peores lugares para seducir a una mujer, el que yo ocupaba marchaba primero por varios cuerpos de ventaja. Nuestro "vínculo" no prosperaba. Estábamos estancados. Ella, custodiada por el caballero cuya armadura consistía en un equipo de gimnasia. Yo, confinado al otro lado del espejo. Era víctima de una sempiterna condena: todos los jueves, cuando un águila de jogging se presentaba a desgarrarme el hígado a picotazos. Bueno, dije que no había novedades pero en verdad un día. un jueves en que me hallaba desesperado. Bien, es cierto que me he prometido contarlo todo pero esto. esta confesión podría acarrearme más de un problema. En los hoteles alojamiento, como en cualquier otra actividad, también hay códigos. Al carajo. En fin, un jueves los espié. Pido por favor que no me tomen por un depravado. Nunca antes lo había hecho y nunca más lo hice. Fue sólo una vez y, como ya dije, me encontraba desesperado. Era tan fácil que no pude resistir la tentación. ¿Cómo? Sencillo. Vamos. ¿Nunca se lo preguntaron? Con tantos espejos y pasillos, basta un guiño de ojos cómplice al arquitecto y listo. Es un beneficio extra que los dueños de los hoteles se regalan a sí mismos y comparten con sus empleados. Pero no todas las habitaciones. Apenas una: la ciento trece. Una puerta lateral del gabinete de limpieza comunica a un cuartito que se disimula detrás de un espejo. Fin del misterio. Al principio, cuando empiezan a trabajar, todos espían como locos. Después se cansan y en el cuarto sólo entran las chicas de limpieza cada tanto para remover las telarañas. Yo no. Yo nunca lo había utilizado porque va contra mis principios violar la intimidad de terceros. Pero ya lo dije y lo repito: aquel jueves me encontraba desesperado, abatido, al borde del abismo y le extendí al tipo de jogging la tarjeta naranja mientras pronunciaba con voz neutra:
-Habitación ciento trece, caballero.
Después llamé a Ángela, una de las chicas de limpieza y le pedí que me cubriera mientras iba al baño. Subí las escaleras de dos en dos hasta el primer piso y una vez ahí me encaminé hacia el gabinete de limpieza en la penumbra del pasillo, sigiloso como un ladrón. Mi arribo se produce apenas unos minutos después del de ellos. Él ya se sacó la campera del equipo de gimnasia, que yace inerte, colgada del perchero. Ahora está echado sobre al cama con el control remoto en la mano. Desde mi posición no puedo ver la pantalla por lo que desconozco qué está mirando, pero por los cambios que el reflejo azulado de la pantalla imprime sobre su rostro y los movimientos de su dedo pulgar supongo que está haciendo zapping. Un momento después deja de pulsar el control y los reflejos detienen sus restallidos y se estabilizan. Sospecho que se ha detenido en el canal de las películas condicionadas. Pero al fin y al cabo ¿Qué me importa lo que haga esa basura? Ella le da la espalda y opera la botonera a un lado de la cama. Regula el nivel y la intensidad de las luces y pone mucho empeño en lo que hace. Hace pruebas aumentando la intensidad de las dicroicas hasta su punto máximo y haciéndolas descender hasta que emiten el tenue resplandor que ella busca. Después prueba las luces rojas y verifica su contraste con las azules. En medio de esas pruebas comienza a elevar la luz que se alza sobre el falso espejo y tengo miedo que descubra mi silueta, pero nada sucede, yo habito el mundo invisible. Se toma sus buenos minutos hasta que el juego de luces la conforma. Debe ser decoradora de interiores, pienso. Después revisa los cuatro canales de música. En tres de ellos hay sintonizadas FMs que se caracterizan por difundir lentos y clásicos de los setenta y ochenta, presentados por uno de esos locutores que también publicitan jarabes para la tos y que se escuchan en todos los hoteles alojamiento y los consultorios de los dentistas. En el cuarto canal no hay radio sintonizada sino música funcional que provee el hotel a través de una bandeja triple de CD. Ella elige este último. Trato de pensar qué cds están puestos pero no lo recuerdo, porque suelo sacarlos de la caja de zapatos donde se amontonan e introducirlos en la compactera sin elegirlos, de forma automática. Supongo que uno de Ricardo Arjona (la mitad de los cds pertenecen a ese tipo) otro de María Marta Serra Lima junto al trío Los Panchos (muy apreciado a la mañana por los esbirros del viagra) y un inoxidable álbum de boleros interpretados por Luis Miguel, eso sería lo más probable. A todo esto el gimnasta sigue echado con una mano detrás de la nuca y otra sobre el control aunque no oprima los botones. Ella se pone de pie y se acerca a una mesita ratona que se encuentra cerca de la puerta de entrada, junto a un sillón. Primero se saca las botas y deja al descubierto unas medias de algodón cortas y de color blanco que no combinan con el resto de su ropa, aunque este detalle pasa desapercibido porque están ocultas por la caña alta del calzado. Después se desprende del suéter de lana y lo dobla prolijamente sobre la mesa ratona. Repite la operación con su remera. Después desabotona su pantalón de jean y lo tironea hacia abajo para desprenderlo lentamente, como si se tratara de una segunda piel. Al descender, la tela de jean va dejando al descubierto una minúscula bombacha rosa de encaje. Cuando se dispone a desabrochar el corpiño comprendo que ya no resisto más y abandono el cuartito. Cuando regresé a mi puesto de trabajo Ángela me preguntó si me sentía bien.
-Sí, qué se yo, más o menos. ¿Tarde mucho, no? Pregunté mientras trataba de calcular cuánto tiempo había transcurrido.
-No, te lo digo porque estás pálido como un papel, dijo Ángela mientras abandonaba mi cubículo a toda prisa: acababan de salir de una habitación del tercer piso y tenía que ir a comprobar que no se hubiesen robado nada. La vi pasar frente a mi ventanilla, trotando rumbo al ascensor. Me llevé la mano a la cara y descubrí que estaba empapada.

12 comentarios:

Anónimo dijo...

que bueno, que bueno, se vino el cap. 3!!
plis...no te cuelgues mucho con el 4.

saludos (p.de pau)

Playmobil Hipotético dijo...

dos cosas me surgen: hay que ver el resultado final pero me hubiera gustado que no fuera una intuición el que se haya enamorado sino que hubiera sido de otra forma; que en algún momento se hubiera dado cuenta; pero ese soyyo.

2. me dió bronca que no describieras el garche; pero después me puse a pensar en que claro, eso hubiera destruido a nuestro protagonista; y que significa eso? que el cuento cierra.

Luciana dijo...

Me gusta, me gusta, voy siguiendo su historia, espero ansiosa la próxima entrega de Zafiro.

Zedi Cioso dijo...

¡Gracias, Lectores! La semana que viene, prometo la cuarta parte.

Anónimo dijo...

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