martes, diciembre 26, 2006

Ser padre hoy (2da. parte)

Por Matías Pailos

Desde ese momento, visitó Lanús con cierta regularidad. Dos veces al mes, más o menos. Se hizo más familia de mi familia. Se hizo más amigo de mi sobrina, de sus hijas, de mi hermana. Antes estaba muy apegado a la parentela de Clara. Ahora la cosa estaba más repartida.
Mal que mal, rehice mi vida. Al principio, solo cogía con putas. Hasta casi me enamoré de una. Pero no, no soy tan boludo. Después salí con una piba de mi edad. Una mina grande, bah… 60 años. Está bien: yo tengo más que eso. Estuve así, boyando, varios años.
Salí con varias minas más. Ser taxista te curte, y cogí más de lo que había cogido en mi juventud.
Es decir: tuve más levantes. Por supuesto que a los 60 uno coge mucho menos que nunca antes. Pero las minas me daban pelota. Y eso que seguía siendo tímido. Y eso que seguía dejando pasar oportunidades.
Mientras tanto, el pendejo creció. No me hizo caso, e insistió con la Filosofía. No solo se recibió, sino que ganó una beca doctoral. Paralelamente, fundó una empresa de asistencia para los que están trabados con tesis, artículos, proyectos… algo así. Pensé: este no va a ver un morlaco. Aseveré: este se va a morir de hambre. Juré: va a terminar viviendo en un monoambiente, sin ventanas, en la concha del mono. Eso. Y en efecto, no vio nada. Al menos durante el primer año. El segundo la cosa fue diferente. Recibieron, él y su socio inglés, pedidos de los lugares más exóticos. A mediados de ese año tuvo que contratar un empleado. Un mes después, tuvo que sumar a otro. Para fin de año, tenía a diez personas a su cargo y la empresa en plena expansión. Un año más tarde no corregía nada de nada. Cada tanto se daba una vuelta por el departamento de Belgrano que era la sede oficial de la empresa. Cada tanto visitaba a alguno de las 50 personas a su cargo. Estaba haciendo más guita de la que yo hice en mi vida. Ya era casi un hombre rico. Todo un hijo de puta.
Por ese tiempo publicó su primer libro. Una novelita barata. Una comedia de enredos amorosos. Un compendio de aventuras sin mucho riesgo a las que cualquier borrego de clase media protegida contra todos los males de este mundo está expuesto, a pesar de que ellos crean que salen a buscarlas, que son cazadores en la jungla de adoquines. Que se cogía a una, que se cogía a otra, que engañaba a la novia, que lo descubrían. Que un trío, que dos tríos, que tres orgías. El amor aparecía apenas de refilón. No tenía huevos. No ponía lo que no tenía sobre la mesa, pero no porque no los tenía.
Porque era un hijo de puta cagón. Y solo por eso.
De tal palo tal astilla, supongo. Pero yo no soy así. Yo nunca lo cagaría como me cagó.
Yo era una bola sin manija. Nada de proyectos, nada de planes, nada de reinserción en el mercado laboral previo. Supongo que me lo busqué. Supongo que, en última instancia, es lo que quería. Licenciado en Relaciones Industriales. Lindo título. Lo más medias tintas que puede imaginarse. ¿Qué hace un Licenciado en Relaciones Industriales? Buchonéa a la patronal. Es carnero a tiempo completo. Es el laburo perfecto para un culposo que quiera morir aplastado de remordimientos.
Me echaron. Bah: al principio, luego de casarme, iba cambiando de laburo cada dos o tres años. Siempre para mejor. No recuerdo en qué momento exacto la mano cambió. Me dejaron sin laburo. Una cerealera. Dije: tengo experiencia, tengo menos de cincuenta: voy a conseguir otra cosa. Y conseguí. Me costó, pero conseguí. A los tres meses estaba de nuevo sin nada. Meses. Meses sin nada. Meses de vivir del sueldo de mi mujer. Meses, ¿comprenden?, Meses. Meses de socavar mi masculinidad. Meses de malo, muy malo, y pésimo sexo. Meses de sentirme culeado por mi mujer. La comencé a odiar. De verdad, como solo un miserable odia: en secreto.
Llegado al año bajé drásticamente mis pretensiones. Acumulé laburos de nula monta. Cadete, telefonista, seguridad. Ahí me encañonaron por primera vez. Ahí dejé de sentir las piernas. Cuando metieron por segunda vez el fierro en mi boca largué todo.
Vegeté. No hice nada. Permanecía todo el día mirando las plantas. Sabía que el final se acercaba. ¿Qué final? Cualquier final. Ya no soportaba más. Ya no sabía qué quería.
Fue en medio de un coito fallido que Clara me dijo que quería que me fuera. Andate. Bueno. Los chicos. ¿Qué los chicos? Tenés que decirle. Le decimos los dos. Cuándo. En una semana.
Esto tampoco me lo pudo creer el hijo de puta.

-¿Cómo una semana? ¿Cómo aguantaste una semana? ¡¡¿Por qué?!!

Pffff… ¿cómo explicarle? Lo miré a los ojos. Le sonreí. Ya no era un chico. ¿Por qué lo parecía, entonces? Le expliqué: había arreglos que hacer, gente a la que avisar. El amor no es todo. El amor no es lo más importante, Federico. ¿Cuándo vas a aprender?, pensé. Pero no se lo dije. No le dije nada de nada de eso. No hablé de amor. No hablé de aprendizaje.
Al día siguiente de instalarme en la pieza de arriba de la casa de mi hermana, ya estaba arriba del tacho. Era, es, de Miguel, mi mejor amigo. El mismo al que no veía desde hacía treinta años. Lo llamé, le conté, le manguié. Dijo a todo que sí. A cambio, me contó su vida: divorcio, desamor, peleas con los hijos, operaciones, muchísima plata. Arriba del tacho me afanaron como ocho veces. Arriba del tacho tuve más miedo que nunca, y encontré un coraje desconocido. Arriba del tacho conocí a Laura.