viernes, noviembre 03, 2006

Záfiro (4ta. Parte)

Por Zedi Cioso

A partir de ese incidente privado, los jueves se sucedieron en el calendario sin interrupciones ni novedades. Hasta que en el mes de agosto se reiniciaron las clases tras el receso invernal y me inscribí en una materia que se llamaba “Problemas de la literatura argentina” pero por lo visto los problemas los iba a tener yo porque cuando entré al aula, con mi pena a cuestas, cinco minutos antes de que iniciara la primera clase, descubrí a mi chica de los jueves sentada en uno de los primeros bancos y, sepan disculpar el cliché, sentí que mi corazón, como esta historia, daba un vuelco.
En esa ocasión opté por ubicarme en uno de los bancos del fondo para que no se percatara de mi escrutinio minucioso y me dediqué a mirarla, me di una panzada de ella, sólo ella, sin ningún equipo de gimnasia en veinte metros a la redonda y con dos horas por delante. No sería capaz de reproducir ni una de las miles de palabras que modulaba la voluntariosa voz del profesor. Sí puedo, en cambio, describir de qué forma sutil y delicada ella toma el bolígrafo, dejando el dedo meñique suspendido en el aire como un gusano en el espacio exterior. Puedo también, si así lo deseo, cerrar ahora mismo los ojos y traer a mi memoria la forma en que ella enarca las cejas cuando las indescifrables palabras del profesor despiertan su interés, lo mismo que su dedo índice retorciendo uno de sus rulos cuando se siente aburrida. Nada me impide reproducir el ritmo del taconeo nervioso que producen las suelas de sus botas negras al impactar sobre las frías baldosas del aula, e incluso puedo bailar al son de ese repiquetear. Esa noche, al término de la clase, una suave corriente de aire me elevó de mi pupitre y me trasladó a mi casa. Me dejé caer en la cama como un paracaidista y soñé con los ojos abiertos y viví con los ojos cerrados y desperté sonriendo y la sonrisa me acompañó hasta mi trabajo y exactamente dos horas después de mi llegada una mano fuerte y decidida abrió la puerta de un tirón y precedidos por la claridad de la mañana un hombre enfundado en un equipo de gimnasia hizo ingresar a la mujer que yo más amaba en el mundo y dijo “zafiro” y yo tuve que decidir en qué habitación iba a hacerle el amor y no pude decirle que tomara el ascensor hasta el piso menos nueve y se instalara en el mismísimo infierno sino que dije quinientos doce y los envié al quinto piso, porque los quería lejos de mí, y deseé estar muerto.