jueves, enero 25, 2007

El machismo feminista: introducción a la psiquis del exnovio eterno


Por Luciana

En segundo grado asistía yo a un detestable colegio religioso tooodo de mujeres. Los únicos sujetos masculinos que apenas se acercaban al establecimiento eran padres o los desaforados niños del colegio religioso tooodo de varones lindero. Recuerdo ahora que una pared de ladrillos separaba los patios descubiertos de ambas escuelas y que por un agujero en dicha pared ciertos niños satisfacían sus tendencias exhibicionistas.
Todo esto no tiene la más mínima importancia excepto por un detalle. A mediados de segundo grado, apareció un muchacho que parecía dispuesto a quedarse. Un pasante, recién recibido de maestro, aún con acné, rubio y totalmente inexperto. Como a todas alguna vez nos sucede, me enamoré del profesor o de este niño pasante que oficiaba de, junto a la maestra titular.
Puse en marcha mi plan de seducción. Iría con el pelo recogido, en el primer recreo me lo soltaría en la capilla, al finalizar el recreo, antes de entrar a clases, le pediría al maestro que me atara el pelo.
Ahora, lo que voy a decir es fuerte: No pudo. Este muchacho no sabía cómo se colocaba un simple elástico al pelo de una niña, o sabía que se le daba vueltas y que así quedaría perfectamente sujetado. Fue terrible, lo intentó pero no pudo. Así, con mi primer fracaso amoroso, vino mi primer cambio de escuela. Pasé a un colegio mixto donde podría enamorarme de mis pares. Así fue.
Tercer grado. La señorita Rita era encantadora. En ese clima ameno, apareció Pablo Toscazo. Pelirrojo, pecoso y de ojos verdes. Nada atentaba contra mi amor, ni su sobrepeso, ni su desinterés ni que sus ojos miraran a Leticia Presta que se daba el lujo de rechazarlo.
De todas maneras, estos rodeos no acaban por hablar del tema propuesto. En los dos casos anteriores no fui correspondida.
Ahora bien, en sexto grado entra a la escuela Alejandro (voy a dejar de colocar apellidos, todos cometemos siempre la estupidez de googlear nuestro nombre). Era realmente un niño bello y el azar permitió que lo tuviera de compañero de banco.
Las maestras nos sentaban así nena con varón, no en pos del amor sino para que conversáramos lo menos posible en clase. Aquella vez no lograron su objetivo. Alejandro y yo hablábamos bastante.
La historia comienza en un asalto en la casa de Hernán. Alejandro quiere decirme algo pero me explica, con dos hojitas de una planta del jardín que lo que me quiere decir en verdad es difícil porque “estas dos hojitas son muy distintas”. Al fin me pide que sea su novia y yo acepto feliz. Él no puede creerlo (y luego entendí por qué).
Transcurrió la noche en lo que para mí a los once años era noviazgo. Tomar coca cola del mismo vaso y que me agarrara de las presillas del jean para bailar lentos.
Para Alejandro el asunto pasaba por otro lado y por eso el tema de las hojitas y el no poder creer mi inocente aceptación. La ruptura fue en el colegio, el lunes siguiente a mi fiesta de cumpleaños donde me regaló el CD Joyride de Roxette cuando en casa aún no teníamos compactera. En el pupitre a las ocho de la mañana me dijo “corto con vos” y fue la primer puñalada real.
Luego transcurrieron años de soledad y, nuevamente, con el cambio de escuela, apareció el amor. Cuarto año. Manuel tenía el pelo largo hasta la cintura y era terriblemente bueno. Todos podíamos emborracharnos porque total, Manu cargaría a los pendejos beodos, uno por uno, a sus respectivos hogares. Manuel hacía ese tipo de cosas.
La cuestión comenzó así. En la clase de literatura nos proponen crear una historieta con un capítulo del libro de Steinbeck “Los hechos del Rey Arturo y sus nobles caballeros”, el capítulo era Balin y Balan. Entre trencitas que yo le hacía en el pelo a Manu fuimos haciendo la adaptación. El último día, en su casa, me besó.
Recibimos un ocho y la felicitación y confesión de la profesora de que si nos había designado para hacer el trabajo juntos por algo era.
Con Manuel fueron dos años de intensa felicidad y de terribles tormentos. A pesar de todo, los recordamos con cariño, aunque parezca increíble.
La historia que sigue a continuación me provoca una profunda vergüenza. Alejandro segundo. Un rubiecito bastante tonto que me convenció llevándome a tomar café a bares junto al río. A medida que él, con veinte cursaba quinto año de la escuela secundaria, yo, con diecinueve cursaba segundo año de la carrera de psicología.
Me empecé a encontrar los sábados secuestrada en un auto rojo que corría picadas y que escuchaba música a todo volumen. Yo me hundía en el asiento del acompañante rogando no cruzarme con las amistades.
Hoy no puedo entender cómo mantuve nueve meses una relación ficticia con la antítesis de mi ideal. La vuelta de su viaje de egresados a Cancún le puso fin al asunto y no hubo derrame de lágrimas.
A los veinte aparece Alejandro tercero de la mano de mi amiga Silvina, un burgués tipo, estudiante de administración de empresas pero al mismo tiempo músico. En ese caso, yo pude creerle cierta veta de sensibilidad.
Fue un año donde lo conflictivo no era nuestra relación sino la de mi amiga Silvina con un amigo de él.
No tengo demasiado que decir con respecto a este muchacho, la última vez que lo vi fue en el casamiento de mi amiga tocando el bajo. Nos saludamos brevemente. A él siempre le había gustado el papel de estrella y en el casamiento era el artista invitado.
La historia del ex novio que sigue a Alejandro tercero voy a omitirla.
Pero no quiero finalizar este post de una manera tan poco elegante. Entonces, si el Dragón me perdona, quisiera que me permita decir que espero que él nunca pertenezca a la categoría de ex novio porque deseo profundamente pasar el resto de mis días junto a él.